anteriorSEGUNDA PLANTA / Tapanco y habitación de huéspedessiguiente



     

La recámara de los huéspedes orientada hacia la calle es una adición posterior al primer proyecto ya que, en su lugar había originalmente una terraza. Ésta y las dos habitaciones de este segundo nivel tienen como denominador común su espíritu monacal, no sólo por la economía de recursos con la que están resueltas, sino incluso por la selección del mobiliario y las texturas seleccionadas para los tapetes y los cubrecamas.

Este carácter recuerda que han sido concebidas por un devoto franciscano, como lo era Luis Barragán, quien aprendió de su maestro espiritual a rodearse de pocas cosas para no distraer al espíritu y así vivir con ellas en el justo medio entre el desapego material y el profundo amor hacia las cosas que le sirven. El amor con que se les llama, por tanto, las hermanas cosas.

En ninguna de estas habitaciones aparece, como no lo ha hecho en toda la casa, a excepción del desayunador, la luz artificial cenital y homogénea.

La casa está iluminada por un conjunto de acentos luminosos precisos: cilindros, volúmenes rectangulares sobre el piso o sobre los muebles o, en su defecto, funcionales lámparas de trabajo que sin más han pasado de la mesa de dibujo a la cabecera de la cama o a la mesita lateral en el rincón de lectura.

La intimidad y escala del estudio del tapanco están contenidas dentro del gran espacio del salón biblioteca por un muro que permite seguir con la vista el ritmo de la viguería. Junto con una parte de su colección de discos, donde destaca en este lugar la música tribal, se guardan el crucifijo de marfil, la figura de San Francisco y algún objeto ritual no católico.

La ventana es ahora un juego de postigos blancos y un cuidado estudio de proporciones que acaso dejan pasar el cielo y esconden la calle y que imprimen sobre el muro, el negativo del ventanal de la estancia. Así, en vez del metal sobre el vidrio, esta vez es una cruz de luz.

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© Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán A. C.