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La estancia es el primero de los lugares contenidos en esta espléndida doble altura del salón donde está la biblioteca. Este gran flujo espacial se haya dividido en recintos conformados mediante la introducción de varios planos de muros a media altura.

Las fotografía hechas en los primeros años de la casa muestran que estas subdivisiones no aparecieron en la concepción original y, se puede afirmar, que son la respuesta a sus cuestionamientos mientras habitaba este espacio. Pese a la multiplicidad de escala y de usos, la unidad del salón está preservada y subrayada por la fuga de líneas de la viguería que lo cubre y por el mismo librero que se aloja en uno de sus costados, vertebrando todos los espacios del salón.

Los cientos de libros que hay en esta biblioteca, tal como lo escribió Alfonso Alfaro, “son la huella de un itinerario y tienen el valor de un testimonio excepcional: el de una serie de personajes de papel, presencias entrañables, las más inmediatas quizá para este solitario de afectos incandescentes… las letras impresas podían ser vehículo de introspección y de diálogo mudo, pero su corporeidad no se reducía a una función instrumental. Los libros no eran testigos trasparentes; eran objetos, materia con texturas y con límites, realidades luminosas como los matices de la piel humana”.

Entre los dos planos blancos a media altura, se ha conformado un lugar de trabajo para la biblioteca donde se resguarda una mesa de madera gruesa, que a su vez forma una sola pieza de mobiliario con el librero en esquina.

Este rincón de muros bajos vuelve a aparecer tangencial a un recorrido que comienza a trazarse, ahora en espiral, hasta encontrarse de frente con la célebre escalera de tablones en cantiliber. Un plano abstracto se desdobla con ligereza y contrasta con la solidez pétrea de la escalera en el vestíbulo.

Aquí se ha propuesto una síntesis mínima de la escalera que nace del mismo material de la puerta hacia la que se dirige, en un solo gesto plástico. La mirada asciende aquí hasta perderse en la incógnita del tapanco en donde el ritmo de la viguería termina por sumergirse.

Protegido por un segundo biombo está el rincón de las poltronas, compartiendo el lugar con una gran mesa al pie de la ventana alta hacia la calle. Los muebles son confortables y sobrios del mismo modelo que, carentes de pretensión, se encontrarán también en las habitaciones íntimas.

Recuperando otra vez la perspectiva de la totalidad del salón aparecen dos planos blancos a media altura en una secuencia tonal del blanco transformado por la profundidad de la penumbra hacia el recuerdo del jardín en el fondo ahora visto no sólo a través de uno, sino de múltiples marcos que se han generado en el salón con los elementos estructurales.

En contraposición a esta secuencia que enmarca la ventana hacia el jardín, existe una retícula cerrada de vidrios opacos que reciben de la calle sólo una luz filtrada y algunas sombras de los árboles sobre la acera. Queda clara aquí la intención de proyectar el volumen de esta ventana hacia la calle, lo que en principio podría entenderse como un recurso compositivo sobre la fachada y que, en realidad, provoca un mayor espesor del muro que armoniza con la monumentalidad del espacio interior y, al mismo tiempo, construye una caja de luz que dosifica su intensidad antes de inundar el salón.

Quedan excluidos con esta ventana la vista y el ruido que provienen de la calle, para convocar lo que, en definitiva, es la presencia protagonista dentro de la casa: el peso y la plenitud de un silencio que no sólo existe como simple ausencia.

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© Fundación de Arquitectura Tapatía Luis Barragán A. C.